Divinizando a ateos ñoños
Por qué defiendo a Marina
Puse en Google "Por qué soy cristiano" para recabar referencias sobre mi última lectura navideña y me encontré ésto; esta cosa, este foro. Vergonzantes las intervenciones de algunos sujetos cuyos apodos me niego a intentar recordar y que practican el universal e intemporal arte de pontificar criticando desde la ignorancia. Y lo peor de todo es que, encima, lo hacen portando la autodenominación de ateos; denigrando, en consecuencia, tal condición. Intento sobreponerme a la indignación que tal cosa me produce para arrojar algo de luz sobre el personaje y su obra en este foro de tinieblas en el cual me acredito, anticipándome a su laica crucifixión, como ateo. Pero ateo de los de verdad, es decir, de los que han pensado por qué deberían serlo; no como esos impostores que se reparten entre los anticlericales, antirreligiosos, conversos resentidos, marxistas y pasotas en general cuyo ateísmo caricaturesco usan -y con razón- los militantes del credo teísta para ridiculizar esa postura -con notable éxito por cierto- entre el vulgo que mayoritariamente se encuentra instalado en la inopia o en su sofisticación posmodernista: el agnosticismo.
Pues cierto día, y por casualidad, me encontré con un señor que, por su manera de hablar y de discurrir, estaba dignificando la caja tonta: esa Universidad democrática de las masas que es la televisión. No podía creerlo: un pensador -¡y español!- que con un agradable talante socrático argumentaba desde el conocimiento científico concreto de la realidad y no desde el dogmatismo de ningún dudoso sistema metafísico. Me interesé de inmediato por su obra y no me defraudó en sus planteamientos ni en sus conclusiones. Y es que José Antonio Marina -a parte de ser un entretenido prosista, un verdadero maestro utilizando las palabras con pleno conocimiento de causa y sentido, y un erudito de la historia de la filosofía, del arte y de la ciencia- es sobretodo un tipo inteligente, o lo que es lo mismo: bueno. Y siendo así que encima tratase de fundamentar la nobleza y su ciencia, la ética, de manera universalizable, me acabó de conquistar.
Pronto conocí las interpretaciones que de su creación circulaban por ahí: o un brujo vendedor de humo para el rebaño que sólo posibilita a la ética como revelada o relativa, si es que lo primero no implica lo segundo y viceversa, o un profeta de la autoayuda en el mejor de los casos. Sin embargo, un filósofo de los pies a la cabeza para los que leímos su documentada y fundamentada "Teoría de la Inteligencia Creadora", su hermenéutica historiografía del derecho en "La lucha por la dignidad" y su profunda reflexión acerca de la experiencia religiosa en "Dictamen sobre Dios".
En esto que, tal y como prometiese en "Dictamen" y en alguna que otra conferencia que le pude oír, nos presenta un libro al que titula con valentía -y astucia mercantil- "Por qué soy cristiano", sometiéndose con su decisión tanto a la feroz crítica desde la exégesis bíblica de los crédulos de la secta judaica como al desprecio de aquellos autoconstituídos como ideólogos de lo políticamente correcto, postura que en su versión mas salvaje se reduce a un cientifismo burdo aderezado de cierto relativismo antropológico de tendencia antioccidental -entendiéndose por Occidente la Cristiandad- que ataca por sistema a todo el que insinúe que en el terreno de la religión "hay más leña de la que arde."
Y es que ¿cómo se puede atrever un tipo que va de serio y con pinta de sesudo, discípulo de Husserl, a manifestarse como un vulgar y decadente cristiano? ¿Acaso no habíamos matado y enterrado ya, los más feos, a esa infantil y ñoña superchería fundada en el miedo y la debilidad de carácter para que ahora venga éste sujeto a hacerle el boca a boca?
Pues sí. Resulta que durante 150 páginas Marina explica de manera satisfactoria que se puede seguir al que se acabase por considerar El Cristo profetizado desde la pura y simple experimentación de su mensaje. Que por debajo de las teologías, las entelequias gnósticas, los puritanismos de salón, los fantoches de la cofradía del Santo Reproche, y los puros y duros amantes del poder y la sumisión mandobediente, se esconde toda una tradición de experiencia que, establecida como utopía, como confianza en la fe que dio un señor de que las cosas irían a mejor, puede -y de hecho con sus cimas y sus valles así ha sido- humanizar el mundo, es decir, dignificarlo. Resulta que estudiando con rigor la historia de la génesis de esta ideología que traspasa Occidente y desbrozándola de malinterpretaciones, sobreinterpretaciones y decididas patochadas fantasiosas -verdadera basura filosófica- podemos hallar un mensaje que enlaza a la perfección con la concepción que de la inteligencia y su finalidad práctica tiene Marina; con que la constable universalidad de la experiencia mística de lo que filosóficamente podemos llamar la dimensión divina de la realidad hace que el mensaje del carpintero Jesús sea toda una llamada a fabricar el bien en la Tierra y así prolongar la divinidad de la existencia al menos hasta el mundo de los hombres.
En conclusión, para Marina, hacerse cristiano -esto es, resucitar en nuestro interior el espíritu del mensaje de Jesús- no es más -ni menos- que comprometerse a divinizar la realidad creando la ética, comprometerse a convertirse en la providencia de la sustantivación de una existencia que, como diría el íntrigante místico Thomas Eckhart, diosea.
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